Urbex

Desde mi infancia, al ver espacios abandonados, siempre me hice algunas preguntas: ¿qué habrá en ellos? ¿quiénes habitarían en ellos y por qué dejaron de hacerlo? Años más tarde, ya adulta, decidiría entrar a explorarlos y responderme en algún sentido.

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El trabajo que realizo de rastreo de estos sitios en ruinas, a los que me gusta considerar “no lugares”, siempre ha sido una excusa para la creación poética. Desde hace años hago uso de esas instantáneas para crear un par de versos, un poema. Es un ejercicio poético cotidiano, un diálogo con la imagen generada.

En un primer momento está la adrenalina producida por esas visitas, pero sobre todo la investigación previa y su historia, la estética o la admiración del estado que van cobrando con el paso de tiempo, el poso que dejan las humedades, las ventanas rotas en ellos, la similitud que presentan muchas veces con un lienzo, cuando interviene la naturaleza tras años de abandono.

En este tipo de imágenes me interesa la curiosidad que me suscitan las arquitecturas, las estructuras que dejan de serlo. Prefiero que en las tomas solo haya objetos inanimados, es decir: que no haya personas presentes en las fotos. Una manía, tonta o no.

El nombre de esta práctica es el de “Exploración urbana”, también denominada “urbex” o “UE”. Sigo las reglas que tienen que ver con ella por convicción: el respeto, siempre, por los “no lugares” que visito. No robar nada: dejar el recinto, la casa, la fábrica, el sitio en sí de la misma manera que lo encontré para que los que vengan detrás puedan disfrutar del mismo modo que lo hice yo es una máxima. En ello está implícito no forzar la entrada, si un emplazamiento no es accesible o no está abierto no romperé nada para adentrarme. También, ir acompañada debido al riesgo explícito, y no compartir las direcciones con gente que no sea de mi confianza con el ánimo de su preservación. Pasar desapercibida, no ser vista cuando entro: ser una sombra más de las que habitan los escombros.

Alicia G.